Recuerdo ese mensaje como si lo estuviera leyendo ahora mismo. Uno de mis amigos cercanos me escribió para decirme que estaba preocupado, que algo raro pasaba conmigo. Me dijo que recibió un mensaje de mi parte, con urgencia y desesperación, donde le pedía ayuda.
El texto describía una situación de emergencia, un accidente, y una cuenta donde le pedía que depositara dinero «de inmediato». Parecía yo, usando palabras que siempre he usado, con esa forma de escribir tan mía. No obstante, él quiso llamarme, pero no hubo respuesta. El teléfono sonaba, pero nadie contestaba.
Lo que en realidad había sucedido es que había sido despojado de mis pertenencias en un robo en la calle, a plena luz del día. Pero ese momento traumático fue solo el comienzo.
Podría decir que fue entonces que empezaron a robarme, pero no solo aquello de lo que me habían despojado, sino que comenzaron a arrancarme dinero que no tenía usando a mis contactos como instrumento, no solo mis fotos o mis cuentas; empezaron a robarme el alma, lo que me hace ser yo, y usarme a mí mismo para hacerme daño.
Ladrones de identidad
Vivir en una urbe como la Ciudad de México, donde el peligro puede acechar en cada esquina, a cualquier hora, nos ha acostumbrado a estar alerta. Nos hemos habituado a cuidar nuestras pertenencias como si de ellas dependiera nuestra vida.
Ese mensaje, ese instante en que supe que alguien más estaba hablando por mí, me hizo darme cuenta de que, sin saberlo, había dejado un pedazo de mi alma en ese teléfono. Me di cuenta de que era vulnerable de una forma que nunca imaginé.
Las implicaciones de que alguien tenga tu celular y lo que contiene van mucho más allá de una transacción. Pueden usar tu número para acceder a tus cuentas bancarias, transferir fondos, hacer compras en tu nombre o, peor aún, pedir dinero prestado a tus seres queridos simulando una situación de extrema urgencia.
Hoy en día, los delincuentes tienen herramientas para hacer de nuestra identidad digital un negocio redondo. Es como si, al robar un teléfono, se adueñaran de la llave de una caja fuerte llena de recuerdos, de secretos, de planes.
Y cada vez que escucho de alguien a quien le han hecho lo mismo, siento que el alma de esa persona ha sido vulnerada, expuesta de una forma brutal. Porque detrás de ese dispositivo robado, hay fotos, hay conversaciones, hay historias y conexiones que hacen que seamos quienes somos.
12 medidas de contingencia
Pero no podemos permitirnos caer en la impotencia. No basta con aceptar que la inseguridad se ha convertido en parte de nuestra vida; necesitamos un plan de contingencia para proteger nuestra esencia digital. Es momento de que nos tomemos en serio la protección de nuestra identidad, como una extensión de nuestra alma. Aquí te comparto los pasos que he adoptado para mantenerme a salvo:
- Primero, cancela la línea y el correo de tu celular. Esto es crucial. Comunícate de inmediato con tu compañía telefónica y asegúrate de que desactiven el número y bloqueen el dispositivo. Es la primera barrera de protección.
- Reporta el celular robado y actívalo en “modo perdido” en iCloud o Android. Esta función no solo bloquea el acceso a tus datos, sino que también permite borrar la información de manera remota. Es como tirar la llave de tu caja fuerte antes de que alguien pueda abrirla.
- Ve a tu proveedor de telefonía y consigue un nuevo SIM. Configura WhatsApp y avisa a tus contactos. No hay peor sensación que saber que alguien puede estar usando tu voz para engañar a los tuyos.
- Usa un teléfono secundario para tus aplicaciones bancarias y financieras. Llevar el banco en el bolsillo todos los días es tentador, pero arriesgado. Piensa en mantener un dispositivo seguro en casa, lejos de riesgos.
- Activa la autenticación de dos factores en todas tus aplicaciones sensibles. Esta capa extra de seguridad puede parecer un inconveniente, pero en realidad, es una protección indispensable.
- Cuidado con las fotos sensibles. Evita almacenar documentos como tu INE, pasaporte o cualquier información personal en el teléfono. Si necesitas tener copias, guárdalas en una nube segura que no esté vinculada directamente a tu dispositivo de uso diario.
- No confíes ciegamente en el llavero de Apple o Google. Aunque son convenientes, también son hackeables. Es mejor tener un administrador de contraseñas independiente y no guardar todo en el mismo lugar.
- Crea contraseñas únicas y seguras, y cámbialas periódicamente. La repetición y la simplicidad solo facilitan el trabajo de los delincuentes.
- Evita tener el correo y el número de recuperación de contraseñas en el mismo celular. Si se hacen de ambos, pueden tomar control de tus cuentas y manipular toda tu identidad digital.
- Haz copias de seguridad periódicas de tus fotos y datos en una nube segura y separada de tu teléfono principal. Esto no solo protege tus recuerdos, sino que también reduce el riesgo de exposición en caso de robo.
- Borra las conversaciones de WhatsApp regularmente. Todo lo que escribimos deja un rastro, y es mejor no dejar demasiadas huellas que otros puedan seguir.
- Finalmente, ten otro dispositivo desde el cual puedas acceder a tus cuentas en caso de que te roben el principal. A veces, el control remoto es la única forma de conservar un poco de control sobre nuestra vida digital.
La verdad es que no siempre podemos prevenir un asalto. Pero sí podemos reducir las consecuencias de lo que sigue después. No dejemos que nos roben algo más allá de lo material. No dejemos que tomen nuestras historias, nuestras relaciones, nuestra esencia. Porque, al final, los datos que llevamos en el bolsillo son mucho más que simples números y letras. Son parte de nuestra alma, y protegerla es nuestra responsabilidad.